Angela's Ashes
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- Idioma
- Inglés
- Publicación
- 2009
- Editorial
- Paw Prints
- ISBN
- 9781442067141
Las memorias de Frank McCourt comienzan con una premisa sencilla y cruda: una infancia miserable como católico irlandés es peor que cualquier infancia miserable corriente. Nacido en el Brooklyn de la época de la Gran Depresión, hijo de inmigrantes irlandeses, Frank se traslada a los barrios marginales de Limerick, Irlanda, a una edad temprana. Allí, su familia se enfrenta a una vida de pobreza extrema, agravada por el alcoholismo de su padre, Malachy, que agota los escasos recursos familiares. Su madre, Angela, se ve obligada a luchar por la supervivencia de sus hijos mendigando y con pura determinación en un mundo de hambre, enfermedad y pérdida.
A pesar de las implacables penurias, esta no es únicamente una historia de desesperanza. McCourt relata su infancia con un humor, un ingenio y una capacidad de perdón asombrosos, que le permiten encontrar la luz incluso en las circunstancias más oscuras. La historia captura los momentos de amor y la fortaleza de un niño que utiliza su espíritu e inteligencia para resistir y, en última instancia, encontrar un camino para salir de la miseria. Es un poderoso relato sobre la supervivencia, las complejidades de la familia y el triunfo del espíritu humano frente a adversidades abrumadoras.
A pesar de las implacables penurias, esta no es únicamente una historia de desesperanza. McCourt relata su infancia con un humor, un ingenio y una capacidad de perdón asombrosos, que le permiten encontrar la luz incluso en las circunstancias más oscuras. La historia captura los momentos de amor y la fortaleza de un niño que utiliza su espíritu e inteligencia para resistir y, en última instancia, encontrar un camino para salir de la miseria. Es un poderoso relato sobre la supervivencia, las complejidades de la familia y el triunfo del espíritu humano frente a adversidades abrumadoras.
Temas
- Reference
- Literature & Fiction
- Genre Fiction
- Europe
- Great Britain
- Literary
- Fiction
- Historical
- United States
- History
- Anthologies
- Biographies & Memoirs
- Memoirs
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Edición original
Die Asche meiner Mutter. Irische Erinnerungen.Publicado originalmente en 1996 Alemán Luchterhand Literaturverlag
Otras ediciones (69)
Escuchar el resumen Resumen narrado
Mis primeros recuerdos son una imagen borrosa de Brooklyn, de una habitación pequeña y de la preocupación constante grabada en el rostro de mi madre. Se llamaba Angela, y mi padre, Malachy, era un narrador con un marcado acento del norte y una sed que se tragaba todo su sueldo. Hubo un breve y precioso momento en el que mi hermanita, Margaret, nos trajo una alegría frágil, pero nos la arrebataron demasiado pronto, dejando a mi madre sumida en una nube de dolor y a mi padre aún más sumido en la bebida. Fue entonces, con el estómago vacío y la esperanza menguando, cuando se tomó la decisión: volveríamos a Irlanda, a Limerick, un lugar al que mi padre llamaba hogar, aunque ofrecía poco consuelo.
Limerick nos recibió con lluvia y un frío húmedo que se nos metía hasta los huesos. Era una ciudad de un gris perpetuo, de callejuelas estrechas y casas apiñadas, donde el olor a pobreza flotaba denso en el aire. Allí, nuestra pequeña familia se redujo aún más, a medida que mis hermanos gemelos, Oliver y Eugene, se fueron apagando, dejando a mi madre destrozada y a nosotros, los niños, preguntándonos por la crueldad de todo aquello. Mi padre, a pesar de todas sus grandiosas historias sobre Cuchulain y los antiguos héroes irlandeses, seguía siendo un fantasma; sus sueldos se esfumaban en el fondo de un vaso de pinta mientras nosotros pasábamos hambre.
El colegio ofrecía una extraña especie de refugio, un lugar donde el aguijón del hambre a veces podía atenuarse gracias a la magia de las palabras. Los sacerdotes y los frailes, con sus rostros severos y sus bofetadas siempre a punto, nos enseñaban el catecismo y el latín, pero eran las historias, la poesía y el atisbo de otros mundos lo que realmente alimentaba mi alma. Yo era un niño con una mente ávida de conocimiento, incluso cuando mi estómago rugía pidiendo una miga de pan. Pasábamos de una choza miserable a otra, viviendo a menudo en condiciones que harían fruncir el ceño incluso a una rata, compartiendo camas y luchando contra las pulgas que eran nuestras compañeras inseparables.
A medida que crecía, el peso de nuestra existencia se hacía cada vez más agobiante. Mi padre, con la promesa de enviar dinero, solía desaparecer a Inglaterra en busca de trabajo, pero las remesas acababan por agotarse, dejando a mi madre a merced de las organizaciones benéficas de la parroquia y de las miradas frías de quienes juzgaban su difícil situación. Hubo momentos en los que tuvo que tragarse su orgullo, e incluso soportar las insinuaciones indeseadas del primo Laman, solo para mantener un techo sobre nuestras cabezas, un sacrificio que me quemaba en mi joven corazón. Anhelaba una salida, una vida en la que no tuviera que ser testigo de su silenciosa desesperación.
Mis manos, antes pequeñas y ociosas, pronto encontraron un propósito. Repartiendo carbón y luego telegramas, saboreé la dulce dignidad de ganarme mi propio chelín. La ciudad de Limerick, que antes era un laberinto de miseria, se convirtió en un lugar por el que me movía con creciente confianza; cada entrega era un paso hacia la independencia. Fue durante esas rondas cuando conocí a Theresa Carmody, una chica con tos y un espíritu apacible, y, por un instante fugaz, experimenté un tipo diferente de calidez, un breve y tierno despertar que terminó en tristeza y en una culpa aplastante susurrada en el confesionario.
El sueño de América, una tierra de oportunidades y vientres llenos, comenzó a echar raíces en mi mente, un faro que brillaba a través de la perpetua penumbra de Limerick. Era un sueño alimentado por cada penique que ganaba, cada insulto que soportaba, cada mañana fría y húmeda. Trabajé duro, ahorrando lo poco que podía, contando meticulosamente las monedas que, con el tiempo, me permitirían comprar mi pasaje para cruzar el Atlántico.
Por fin llegó el día. Tras reunir el dinero suficiente, me encontraba en la cubierta de un barco, dejando atrás las calles empedradas, las paredes empapadas por la lluvia y los fantasmas de mi infancia. Al mirar atrás hacia las costas de Irlanda que se alejaban, llevaba conmigo los ecos de los suspiros de mi madre, las canciones de mi padre y las risas y lágrimas de mis hermanos. Era una despedida de las cenizas de una vida marcada por la penuria, una esperanza desesperada por algo más.
Nueva York, bulliciosa y resplandeciente, me recibió con su promesa. Ya en mi primera noche, en un mundo muy alejado de los fríos hogares de Limerick, me encontré en una fiesta y en los brazos de una mujer estadounidense. Fue un momento de liberación, un abrazo desafiante a un nuevo comienzo, en el que me despojé del pesado manto de mi pasado y di, por fin, un paso hacia un futuro por el que había luchado con tanta fuerza.
Limerick nos recibió con lluvia y un frío húmedo que se nos metía hasta los huesos. Era una ciudad de un gris perpetuo, de callejuelas estrechas y casas apiñadas, donde el olor a pobreza flotaba denso en el aire. Allí, nuestra pequeña familia se redujo aún más, a medida que mis hermanos gemelos, Oliver y Eugene, se fueron apagando, dejando a mi madre destrozada y a nosotros, los niños, preguntándonos por la crueldad de todo aquello. Mi padre, a pesar de todas sus grandiosas historias sobre Cuchulain y los antiguos héroes irlandeses, seguía siendo un fantasma; sus sueldos se esfumaban en el fondo de un vaso de pinta mientras nosotros pasábamos hambre.
El colegio ofrecía una extraña especie de refugio, un lugar donde el aguijón del hambre a veces podía atenuarse gracias a la magia de las palabras. Los sacerdotes y los frailes, con sus rostros severos y sus bofetadas siempre a punto, nos enseñaban el catecismo y el latín, pero eran las historias, la poesía y el atisbo de otros mundos lo que realmente alimentaba mi alma. Yo era un niño con una mente ávida de conocimiento, incluso cuando mi estómago rugía pidiendo una miga de pan. Pasábamos de una choza miserable a otra, viviendo a menudo en condiciones que harían fruncir el ceño incluso a una rata, compartiendo camas y luchando contra las pulgas que eran nuestras compañeras inseparables.
A medida que crecía, el peso de nuestra existencia se hacía cada vez más agobiante. Mi padre, con la promesa de enviar dinero, solía desaparecer a Inglaterra en busca de trabajo, pero las remesas acababan por agotarse, dejando a mi madre a merced de las organizaciones benéficas de la parroquia y de las miradas frías de quienes juzgaban su difícil situación. Hubo momentos en los que tuvo que tragarse su orgullo, e incluso soportar las insinuaciones indeseadas del primo Laman, solo para mantener un techo sobre nuestras cabezas, un sacrificio que me quemaba en mi joven corazón. Anhelaba una salida, una vida en la que no tuviera que ser testigo de su silenciosa desesperación.
Mis manos, antes pequeñas y ociosas, pronto encontraron un propósito. Repartiendo carbón y luego telegramas, saboreé la dulce dignidad de ganarme mi propio chelín. La ciudad de Limerick, que antes era un laberinto de miseria, se convirtió en un lugar por el que me movía con creciente confianza; cada entrega era un paso hacia la independencia. Fue durante esas rondas cuando conocí a Theresa Carmody, una chica con tos y un espíritu apacible, y, por un instante fugaz, experimenté un tipo diferente de calidez, un breve y tierno despertar que terminó en tristeza y en una culpa aplastante susurrada en el confesionario.
El sueño de América, una tierra de oportunidades y vientres llenos, comenzó a echar raíces en mi mente, un faro que brillaba a través de la perpetua penumbra de Limerick. Era un sueño alimentado por cada penique que ganaba, cada insulto que soportaba, cada mañana fría y húmeda. Trabajé duro, ahorrando lo poco que podía, contando meticulosamente las monedas que, con el tiempo, me permitirían comprar mi pasaje para cruzar el Atlántico.
Por fin llegó el día. Tras reunir el dinero suficiente, me encontraba en la cubierta de un barco, dejando atrás las calles empedradas, las paredes empapadas por la lluvia y los fantasmas de mi infancia. Al mirar atrás hacia las costas de Irlanda que se alejaban, llevaba conmigo los ecos de los suspiros de mi madre, las canciones de mi padre y las risas y lágrimas de mis hermanos. Era una despedida de las cenizas de una vida marcada por la penuria, una esperanza desesperada por algo más.
Nueva York, bulliciosa y resplandeciente, me recibió con su promesa. Ya en mi primera noche, en un mundo muy alejado de los fríos hogares de Limerick, me encontré en una fiesta y en los brazos de una mujer estadounidense. Fue un momento de liberación, un abrazo desafiante a un nuevo comienzo, en el que me despojé del pesado manto de mi pasado y di, por fin, un paso hacia un futuro por el que había luchado con tanta fuerza.
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