Tras la Segunda Guerra Mundial, surgió en Rumania una profunda necesidad: la urgente creación de un sistema energético independiente y robusto, capaz de mantenerse al margen de la omnipresente influencia de la Unión Soviética. Esta aspiración, latente durante años, se cristalizó en una ambición nacional decidida, sentando las bases para una extraordinaria empresa científica y tecnológica. Era un periodo propicio para la transformación, donde convergían las corrientes geopolíticas y las aspiraciones internas, exigiendo un nuevo rumbo para el futuro del país.
Esta visión se materializó con la aprobación del Programa Nuclear Nacional en 1969. Esta iniciativa monumental no era simplemente un plan de producción de energía; era un proyecto integral para todo un ecosistema de investigación y desarrollo tecnológico, coordinado por el recién creado Comité Estatal de Energía Nuclear. Un elemento central de este ambicioso proyecto fue la audaz decisión de construir una planta piloto para la producción de agua pesada, conocida como Uzina G. Esta instalación, junto con el Instituto de Reactores de Energía Nuclear y una planta de concentración de uranio, sentaría las bases de la autosuficiencia de Rumania en energía nuclear. Lo que siguió fue una extraordinaria saga de colaboración, innovación y pura determinación. La planta de agua pesada de Drobeta Turnu Severin, desde su concepción inicial hasta su puesta en marcha, se convirtió en un logro exclusivamente rumano. Se nutrió del intelecto y la habilidad colectiva de innumerables entidades: universidades bullían con la investigación teórica, institutos de investigación profundizaban en las complejidades de la física atómica, institutos de diseño transformaban ideas complejas en planos tangibles, y multitud de fábricas y constructoras daban vida a estos diseños. Ante la necesidad imperiosa de utilizar exclusivamente materias primas, equipos y soluciones nacionales, esta vasta red se vio obligada a investigar, innovar e implementar tecnologías únicas a diario, perfeccionándolas y mejorándolas constantemente.
En el corazón mismo de este proyecto, como inspector de control de calidad y, posteriormente, como jefe del departamento de control de calidad de la planta de agua pesada de Drobeta Turnu Severin entre 1983 y 1993, fui testigo directo del nacimiento de una comunidad científica informal. Esto fue mucho más que una simple colaboración; Fue una auténtica "escuela" donde floreció una disciplina científica y tecnológica sin precedentes en Rumania. Existía una palpable admiración por la investigación y la innovación, impulsada por el reto de dominar el complejo proceso de sulfuro de Girdler para la producción de agua pesada, una tecnología que exige el intercambio isotópico entre sulfuro de hidrógeno y agua.
El proceso estuvo marcado por intensas negociaciones y maniobras estratégicas en el ámbito internacional, que abordaron el delicado equilibrio entre la geopolítica y la diplomacia nuclear. Sin embargo, a lo largo de todo el proceso, el enfoque se mantuvo firmemente en el desarrollo nacional. Las primeras gotas de agua pesada, con la estricta concentración del 99,9% requerida para los reactores nucleares, fluyeron de la planta en 1988, testimonio de años de esfuerzo incansable y un momento decisivo en la búsqueda de la independencia energética de Rumania.
Todo este proceso, desde el reconocimiento inicial de un problema hasta el establecimiento de un sólido marco científico e industrial para resolverlo, constituye una convincente ilustración de un paradigma científico en el sentido kuhniano. Este libro describe la evolución de un campo de estudio, el establecimiento de un entendimiento común y el surgimiento de una comunidad dedicada a una agenda de investigación compartida. La historia del agua pesada en Rumania no es meramente un relato técnico; es una profunda narración de ambición nacional, resiliencia intelectual y la perdurable capacidad humana para el progreso científico y tecnológico colectivo.