Las últimas luces del recinto ferial se apagaron, dejando a los caballos de madera en un galope silencioso y estático, y el aroma de la nafta se apoderó de los puestos de lona. Una niña, Annie, vestida de color oscuro, se encontró sola en un terreno desierto, y los lejanos ecos de las risas se desvanecieron en la noche galesa. Buscó refugio, asomándose a las sombrías cabinas, hasta que tropezó con la tienda del astrólogo. Allí, entre un manojo de paja, descubrió a un bebé que lloraba. Sin ningún otro lugar adonde acudir, Annie se acercó a una caravana cercana, donde vivía el generoso e imponente Hombre Gordo. Su encuentro, nacido de la soledad compartida y de las insinuaciones susurradas de Annie sobre un pasado turbulento, se convirtió en una extraña camaradería. Para acallar el llanto de la niña, ponen en marcha el carrusel, una danza caprichosa y conmovedora de tres almas bajo las indiferentes estrellas, que encuentran una conexión fugaz en el resplandor crepuscular del carnaval.
Un tipo diferente de soledad impregna la historia de un hombre y una mujer unidos por un hilo invisible. La narración, onírica y cíclica, se adentra en un mundo donde la realidad se difumina con el surrealismo, donde lo mundano adquiere un significado extraño, casi mítico. Es un paisaje moldeado por el aliento del poeta, en el que cada partícula de la existencia está cargada de una vida única, a menudo inquietante. La mujer, en su juventud y deseo, guarda un oscuro secreto: un plan para romper una relación agobiante en aras de un vestido negro, un sombrero con una flor y un hombre propio. Sus días están marcados por el ritual de prestar atención a los ojos invisibles de una anciana, una presencia silenciosa cuya sola existencia la amarga.
El niño, con los ojos más rojos que los del gato, la observa, una espía silenciosa y astuta en el jardín, cuya presencia es un contrapunto constante e inquietante a su confusión interior. Realiza sus tareas y mata a una gallina con una mano limpia y experta, y el calor de su sangre contrasta marcadamente con el frío cálculo de su corazón. El mundo que los rodea, un tapiz de folclore galés y belleza retorcida, parece conspirar en la silenciosa desesperación que se cierne en el aire.
Y luego está el Visitante, una presencia espontánea y no invitada que llega con un gesto innegable, sin dejar otra opción que seguirla. Se trata de una fábula oscura, en la que los límites entre los cuentos de hadas y la cruda realidad se disuelven, y la poesía misma teje un velo alrededor de lo inevitable. Es un viaje a lo inexplicable, en el que las sombras se hacen más profundas y las premoniciones de miedo se apoderan del corazón, que brotan de la nada y de todas partes al mismo tiempo. En una noche de invierno, dos jóvenes se sienten atraídos por seguir a una joven, sin darse cuenta de la sorpresa que les espera en una oscuridad cada vez mayor. El viento sopla sobre las colinas y despierta a los grajos, cuyos graznidos suenan más fuerte que los de los búhos, lo que perturba las tranquilas meditaciones nocturnas, como si se hubiera lanzado un hechizo sobre los propios pájaros, presagiando un misterio que desafía el orden natural.
Cada narración, ya sea un vistazo al corazón compasivo de extraños o un descenso a la intrincada oscuridad del deseo humano, vibra con vida, y sus imágenes y prosa son cautivadoras y vigorizantes. Son exploraciones del funcionamiento más íntimo del alma humana, que exponen tanto el bien como el mal, presentadas con un lenguaje crudo y alegórico que fascina y aterroriza a la vez, e invita al lector a un mundo poblado por exiliados, descartados y aislados.