Al caer la tarde, los bosques otoñales resuenan, no con el susurro de las hojas, sino con la sombría sinfonía de armas mortales. Las llanuras doradas, antes serenas, ahora son testigos de este violento coro, y los lagos azules reflejan un sol que se aleja, más sombrío que antes. La noche, un sudario descendiendo, abraza a los guerreros moribundos, sus últimos alientos exhalando un lamento salvaje de sus bocas rotas.
Sin embargo, en este paisaje de desolación, silenciosamente, en los sauces, se acumulan nubes rojas. En sus ominosas profundidades, parece habitar un dios furioso, una deidad nacida de la sangre derramada que mancha la tierra. Una frescura lunar se instala sobre todo, y cada camino, independientemente de su inicio, conduce ahora inexorablemente a la decadencia negra, a la putrefacción definitiva que lo consume todo.
Bajo las ramas doradas de la noche y las estrellas, una figura espectral se balancea. Es la sombra de la hermana, moviéndose por el bosque silencioso, su presencia un saludo sombrío a los espíritus de los héroes caídos, a sus cabezas sangrantes. Y suavemente, desde los juncos, comienzan a sonar las oscuras flautas del otoño, una melodía melancólica que resona con profunda tristeza.
¡Oh, más orgulloso de pena! No son altares de celebración, sino altares de hierro, sobre los que se ha hecho un terrible sacrificio. Hoy, la llama ardiente del espíritu humano se alimenta de un dolor inmenso e insoportable. Es un dolor que va más allá de los caídos, una tristeza por los nietos no nacidos, por las generaciones que nunca serán, cuyo potencial se extinguió en este conflicto brutal y sin sentido.