Una verdad profunda resuena en lo más profundo de nuestro ser: la felicidad no es una sensación pasajera que hay que buscar en el mundo exterior, sino nuestra propia naturaleza, nuestro ser esencial. Las alegrías transitorias que percibimos de las experiencias externas no son más que reflexiones, momentos de calma momentánea de la mente que se producen cuando un deseo encuentra su breve cumplimiento. Sin embargo, mientras nuestra atención esté dispersa hacia afuera, enredada en la danza incesante de pensamientos y percepciones, permaneceremos alejados de la felicidad perfecta e incondicional que siempre está presente dentro de nosotros.
Para experimentar verdaderamente esta felicidad eterna, debemos embarcarnos en un viaje de autoconocimiento, una conciencia clara y absoluta de nuestro ser fundamental, la simple conciencia de «yo soy». Esta es la revelación central, una verdad que no nace de conjeturas intelectuales sino de la experiencia directa y no dual de un sabio que trascendió todo pensamiento. Si bien, en nuestro estado actual, percibimos la dualidad, la multiplicidad y el flujo inagotable de la relatividad, se nos ofrece el camino para redescubrir esa autoconciencia inherente y no dual.
La mente, en su actividad orientada hacia el exterior, construye la ilusión de estar separada de este verdadero Ser. Quedamos atrapados por los deseos, los miedos y la miríada de formas de pensamiento, olvidando quiénes somos realmente. La esencia de la enseñanza, por lo tanto, consiste en dirigir la mirada hacia adentro mediante la práctica de la autoindagación, principalmente preguntando: «¿Quién soy?» No se trata de un mero ejercicio mental, sino de un método preciso para rastrear el sentido del «yo» hasta su origen, a fin de disolver la identidad errónea con el cuerpo, la mente o la personalidad.
Esta autoinvestigación, conocida como atma-vicará, es el medio directo para percibir que el mundo objetivo no encierra ninguna realidad aparte de nuestro propio ser. De hecho, no existe ninguna realidad objetiva; todos los fenómenos surgen del Ser y se hunden en él. El verdadero Ser es conciencia pura, infinita, pacífica e inmutable, que es la base de todo. El desafío no consiste en mejorar o convertirnos en un «yo mejor», sino en dejar de identificarnos con las impresiones psicológicas y las creencias erróneas que oscurecen nuestra verdadera naturaleza, que ya es perfecta y siempre lo ha sido.
El arte de ser, por lo tanto, es la práctica de permanecer plenamente consciente, pero sin la actividad de la mente. Es una habilidad práctica que hay que cultivar, una ciencia basada en la observación aguda y en la experimentación rigurosa. Para dominar el arte de la felicidad, hay que dominar el arte y la ciencia de simplemente ser, descubrir el núcleo más profundo de la existencia y permanecer conscientemente en ese estado de ser puro. Este estado subyace y sustenta todas las actividades mentales superficiales (pensar, sentir, percibir, recordar), pero no se ve afectado en absoluto por ellas.
Este camino profundo también abarca la entrega personal (atma-samarpana), un aspecto complementario en el que el ego abandona sus intentos de imponerse, lo que le permite desaparecer y volver a disolverse en su fuente. En última instancia, la gracia que guía este viaje no es una fuerza externa, sino nuestro amor innato por la felicidad, el anhelo profundamente arraigado que nos impulsa hacia nuestra verdadera y dichosa naturaleza. Al prestar una atención intensa y exclusiva a nuestra conciencia esencial de nosotros mismos, el «yo soy», reforzamos este amor y esfuerzo, descubriendo su verdadera naturaleza y la fuente inagotable de paz interior.