La habitación de Ren era un espectáculo digno de contemplar, un revoltijo de cosas amontonadas arriba y abajo, un verdadero desastre. Juguetes y ropa, libros y cosas, estaban esparcidos por el suelo, sobre la cama e incluso asomaban por debajo de la alfombra. Era un lugar donde encontrar algo parecía una gran aventura y, a menudo, una causa perdida.
Un día soleado, San se sumergió en este torbellino de desorden. Al ver los montones y enredos, comenzó a formarse un plan. San echó una mano y, juntos, emprendieron la gran tarea de ordenar. Pieza por pieza, elemento por elemento, la habitación comenzó a transformarse lentamente. Una gallina roja encontró el camino de regreso a su cesta, colocaron un bolígrafo en su vaso y la cama, una vez enterrada, comenzó a emerger de debajo de un montón de colores azules y verdes.
Trabajaban con mano firme, recogiendo aquí y guardando allá. Una gema perdida reapareció de debajo de un estante polvoriento, y una mascota mojada, una ranita de juguete, fue colocada cuidadosamente sobre una alfombra limpia. Cada objeto devuelto a su lugar correcto traía una sensación de orden al espacio que alguna vez fue caótico.
A medida que la habitación se volvía más ordenada, Ren observaba, a veces ayudándolo, a veces simplemente observando cómo San ordenaba diligentemente el desorden. Quizás hubo un momento en el que Ren se preguntó si el afán de San por la pulcritud se llevaría toda la diversión, si la habitación quedaría demasiado vacía, demasiado perfecta. Pero el objetivo estaba claro: hacer que la habitación de Ren volviera a ser un lugar agradable, un espacio donde se pudiera jugar y descansar sin tropezar con un juguete olvidado.
Al final, el gran lío había desaparecido. La habitación de Ren, antes abrumada, ahora se sentía luminosa y abierta. El suelo estaba despejado, las estanterías ordenadas y todo tenía su lugar. Se trataba de un cambio sencillo, pero que aportaba una sensación de frescor y tranquilidad a la habitación y a Ren, que ahora tenía un espacio limpio del que disfrutar.