The Lovely Bones A Novel
de Alice Sebold
7.72 / 10 2,5 M valoraciones
- Idioma
- Inglés
- Publicación
- 2002
- Editorial
- Picador
- Páginas
- 328
- ISBN
- 9780330485395
Mi nombre era Salmon, como el pescado; mi nombre era Susie. El 6 de diciembre de 1973, era una niña de catorce años que fue atraída a un maizal, asesinada y descuartizada. Desde su nuevo hogar en un paraíso personal, Susie observa cómo se desarrolla la vida que nunca vivirá en la Tierra. Ve a su familia, destrozada por el dolor, luchar contra su ausencia. Su padre se obsesiona con encontrar a su asesino, su madre se encierra en sí misma y sus hermanos intentan crecer bajo la sombra de su muerte. Desde su punto de vista único, Susie también observa a su asesino, un vecino que vive al final de la calle, mientras cubre hábilmente sus huellas y sigue adelante con su vida.
Esta no es una historia sobre la muerte, sino sobre la vida que le sigue. Es una exploración profunda de la pérdida, la memoria y el poder perdurable del amor familiar. Mientras Susie observa los momentos cotidianos de las personas que dejó atrás, debe lidiar con su propio deseo de venganza y su deseo de ver a su familia sanar. La narración es un testimonio de las conexiones que nos unen, incluso a través de la mayor distancia posible, y revela cómo los acontecimientos más terribles pueden dar lugar a un tipo de esperanza nueva y resiliente, creando una estructura de «huesos hermosos» a partir de los restos de una vida truncada.
Esta no es una historia sobre la muerte, sino sobre la vida que le sigue. Es una exploración profunda de la pérdida, la memoria y el poder perdurable del amor familiar. Mientras Susie observa los momentos cotidianos de las personas que dejó atrás, debe lidiar con su propio deseo de venganza y su deseo de ver a su familia sanar. La narración es un testimonio de las conexiones que nos unen, incluso a través de la mayor distancia posible, y revela cómo los acontecimientos más terribles pueden dar lugar a un tipo de esperanza nueva y resiliente, creando una estructura de «huesos hermosos» a partir de los restos de una vida truncada.
Temas
- Literature & Fiction
- Genre Fiction
- Horror
- Mystery, Thriller & Suspense
- Thrillers & Suspense
- Suspense
- Subjects
- Literary
- Anthologies
- Mystery
- Coming of Age
- Family Life
- Contemporary
- United States
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- Juvenile Nonfiction
- Language Arts & Disciplines
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- Fiction, psychological
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- Fiction, family life, general
- Fiction, family life
- Audiobooks
- Direction & Production
- Unabridged Audio - Fiction/General
- Playwriting
- Visionary & Metaphysical
- Crimes against
- Teenage girls
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Escuchar el resumen Resumen narrado
Me llamaba Salmón, como el pez; mi nombre de pila, Susie. Tenía catorce años cuando me asesinaron el 6 de diciembre de 1973. Mi asesino era un hombre de nuestro barrio, un hombre que mi madre apreciaba por sus flores en los bordes y con el que mi padre una vez habló de fertilizantes. Estaba tomando un atajo a casa a través del maizal cuando me convenció para que entrara en una pequeña habitación que había cavado en la tierra, un escondite que, según decía, había construido para los niños del barrio. Hacía calor dentro, lejos de la nieve que caía, y sentí curiosidad. Pero entonces me dijo: «Quítate la ropa». Luché, pero solo era una niña. Lo último que oí en la Tierra fue el débil tintineo de los cascabeles del sombrero que mi madre me había hecho, el que me metió en la boca para que no me moviera.
Desde mi nuevo hogar, observaba. Era un paraíso diseñado por mí, con edificios de instituto donde nunca teníamos que ir a clase y porterías de fútbol a lo lejos. Tenía una compañera de piso llamada Holly y una consejera de admisión llamada Franny, pero sobre todo tenía la Tierra. Vi a mi familia conmocionada por mi ausencia. Mi madre, Abigail, estaba sentada aturdida en una silla junto a la puerta principal, mientras mi padre, Jack, se ponía en movimiento, poseído por una energía frenética. Iba de puerta en puerta con mi foto del colegio, con la esperanza como una luz parpadeante y dolorosa. Mi hermana pequeña, Lindsey, de solo trece años, se erguía en silencio y hacía abdominales, y mi hermano de cuatro años, Buckley, sabía perfectamente que me había ido. "¿Dónde está Susie?", preguntaba, una pregunta que flotaba en el aire de nuestra casa como un fantasma.
Mi padre sabía, con un instinto inquebrantable, quién lo había hecho. George Harvey. Empezó una vigilancia silenciosa y obsesiva sobre la casa de tejas verdes calle abajo. Vio al Sr. Harvey construyendo una extraña carpa nupcial en su patio trasero y fue a ayudar, con la esperanza de encontrar alguna pista. Lo único que sentía era una fría certeza que lo dejaba sin aliento. Intentó decírselo a la policía, pero solo vieron a un padre afligido, desesperado por un villano. Los vecinos vieron a un hombre desmoronándose. El dolor de mi padre se convirtió en una vigilia solitaria, una vela encendida en la ventana de su estudio, donde destrozó los barcos embotellados que habíamos construido juntos, y en cada cristal roto, por un instante, vio mi rostro.
La vida, sin embargo, intentó abrirse paso de nuevo. Mi abuela, Lynn, llegó en una limusina, envuelta en visón y dejando un rastro de aroma a champán. Irrumpió en nuestra silenciosa casa y, con toda su odiosa elegancia, volvió a encender la luz. Le dio a mi madre un cambio de imagen, convirtiendo un momento de protesta en uno de risa llorosa. Vio un destello de primer amor en los ojos de Lindsey y lo anunció a la habitación, dándole permiso a mi hermana para sentir algo más que tristeza. Por un instante, la casa se sintió menos como una tumba. Pero las sombras eran largas. Una noche, mi padre, creyendo ver la linterna del Sr. Harvey en el maizal, tomó un bate de béisbol y salió a buscarlo. En cambio, se topó con mi amiga Clarissa y su novio, Brian Nelson. En la confusión y la oscuridad, gritó mi nombre, y Brian, creyéndolo un monstruo, lo golpeó casi hasta la muerte.
Con mi padre en el hospital, y su certeza sobre el Sr. Harvey ahora descartada como una ilusión, Lindsey asumió la carga. Empezó a inspeccionar el invernadero, usando sus carreras diarias de fútbol como tapadera para su vigilancia. Una tarde, lo vio salir. Rompió una ventana del sótano y se coló dentro del cascarón estéril y vacío de su casa, un espejo oscuro de la nuestra. Arriba, en una habitación que habría sido mía, encontró su cuaderno de dibujo. Justo cuando oyó su coche entrar en la entrada, lo vio: un dibujo detallado de la guarida subterránea, con las palabras "Maizal de Stolfuz" garabateadas al lado. Mientras el Sr. Harvey subía corriendo las escaleras, ella rompió la mosquitera, se bajó del techo del porche y echó a correr, con el dibujo arrugado aferrado a la mano. Tenía pruebas. Pero era demasiado tarde. Él la vio, con el número 5 de su camiseta de fútbol gritándole mientras huía. Esa noche, empacó una maleta en silencio y desapareció.
Los años siguientes fueron un desenlace lento y doloroso. Mi madre, incapaz de vivir entre los muros de nuestro dolor, tuvo una breve y desesperada aventura con el detective que me llevaba el caso y luego huyó a California, buscando un anonimato que le permitiera respirar. Mi padre tuvo que criar a Lindsey y Buckley solo, con el corazón hecho una caverna. Lindsey y su primer amor, Samuel Heckler, fueron juntos a la universidad; su vínculo se forjó tras mi muerte. Buckley creció en una casa atormentada por mi ausencia, construyendo un fuerte en el patio trasero a modo de santuario que no sabía que estaba construyendo. A veces me veía, un fantasma fraternal que era a la vez un consuelo y una maldición.
Los observaba a todos, pero también observaba a Ruth Connors, la chica extraña y artística a la que accidentalmente toqué con mi alma al dejar la Tierra. Se había convertido en una mujer que veía a los muertos, que recorría las calles de Nueva York documentando los lugares donde niñas y mujeres se habían perdido violentamente. Llevaba diarios llenos de sus historias, una solitaria cronista de fantasmas. Y observaba a Ray Singh, el chico que me había dado mi primer y único beso. Estudió medicina, su vida seguía adelante, pero guardaba mi foto del colegio guardada en un libro de poesía, el recuerdo de un amor que nunca tuvo la oportunidad de existir.
Un día, sentí una atracción imposible, un anhelo tan fuerte que desgarró la tela de mi cielo. Ruth estaba de visita en casa y se sintió atraída por el sumidero donde habían arrojado mi cuerpo. Mientras estaba de pie en el borde, me vio. En ese mismo momento, el Sr. Harvey, en uno de sus furtivos regresos a la zona, pasó en coche. La convergencia fue demasiado. Ruth se desplomó, su alma voló hacia arriba mientras la mía caía a la Tierra. Por un breve y milagroso instante, estuve dentro de su cuerpo. Sentí el sol en mi piel, el suelo bajo mis pies. Ray estaba allí, y al mirar a Ruth a los ojos, me vio. "¿Susie?", susurró. Se me concedió el único deseo que había albergado durante tanto tiempo. Hicimos el amor en la trastienda de bicicletas de Hal Heckler. No fue una reivindicación violenta, sino un toque suave y humano. Era la vida que nunca tuve.
Cuando regresé a mi cielo, era más amplio y más pacífico. Me había soltado. En la Tierra, mi madre regresó al lado de mi padre después de que sufriera un infarto. De pie en su habitación de hospital, se reencontraron, no como las personas que eran antes de mi muerte, sino como las personas en las que se habían convertido. Aprendieron a vivir con ello. El Sr. Harvey, años después, encontró su propio fin cuando un carámbano cayó del tejado, tirándolo a un barranco donde su cuerpo permaneció oculto durante semanas.
Estos eran los hermosos cimientos que se habían formado en torno a mi ausencia: las conexiones - a veces tenues, a veces forjadas a un alto precio, pero a menudo magníficas - que surgieron tras mi partida. Lindsey y Samuel se casaron y tuvieron una hija. Mis padres encontraron una forma tranquila de estar juntos. Buckley aprendió a tocar su propio ritmo con una batería. Los observé desde mi vasto paraíso. Vi a un hombre encontrar mi pulsera de dijes en el barro de una obra en construcción. «Esta niña ya ha crecido», dijo su esposa. Casi. No del todo. Les deseo a todos una larga y feliz vida.
Desde mi nuevo hogar, observaba. Era un paraíso diseñado por mí, con edificios de instituto donde nunca teníamos que ir a clase y porterías de fútbol a lo lejos. Tenía una compañera de piso llamada Holly y una consejera de admisión llamada Franny, pero sobre todo tenía la Tierra. Vi a mi familia conmocionada por mi ausencia. Mi madre, Abigail, estaba sentada aturdida en una silla junto a la puerta principal, mientras mi padre, Jack, se ponía en movimiento, poseído por una energía frenética. Iba de puerta en puerta con mi foto del colegio, con la esperanza como una luz parpadeante y dolorosa. Mi hermana pequeña, Lindsey, de solo trece años, se erguía en silencio y hacía abdominales, y mi hermano de cuatro años, Buckley, sabía perfectamente que me había ido. "¿Dónde está Susie?", preguntaba, una pregunta que flotaba en el aire de nuestra casa como un fantasma.
Mi padre sabía, con un instinto inquebrantable, quién lo había hecho. George Harvey. Empezó una vigilancia silenciosa y obsesiva sobre la casa de tejas verdes calle abajo. Vio al Sr. Harvey construyendo una extraña carpa nupcial en su patio trasero y fue a ayudar, con la esperanza de encontrar alguna pista. Lo único que sentía era una fría certeza que lo dejaba sin aliento. Intentó decírselo a la policía, pero solo vieron a un padre afligido, desesperado por un villano. Los vecinos vieron a un hombre desmoronándose. El dolor de mi padre se convirtió en una vigilia solitaria, una vela encendida en la ventana de su estudio, donde destrozó los barcos embotellados que habíamos construido juntos, y en cada cristal roto, por un instante, vio mi rostro.
La vida, sin embargo, intentó abrirse paso de nuevo. Mi abuela, Lynn, llegó en una limusina, envuelta en visón y dejando un rastro de aroma a champán. Irrumpió en nuestra silenciosa casa y, con toda su odiosa elegancia, volvió a encender la luz. Le dio a mi madre un cambio de imagen, convirtiendo un momento de protesta en uno de risa llorosa. Vio un destello de primer amor en los ojos de Lindsey y lo anunció a la habitación, dándole permiso a mi hermana para sentir algo más que tristeza. Por un instante, la casa se sintió menos como una tumba. Pero las sombras eran largas. Una noche, mi padre, creyendo ver la linterna del Sr. Harvey en el maizal, tomó un bate de béisbol y salió a buscarlo. En cambio, se topó con mi amiga Clarissa y su novio, Brian Nelson. En la confusión y la oscuridad, gritó mi nombre, y Brian, creyéndolo un monstruo, lo golpeó casi hasta la muerte.
Con mi padre en el hospital, y su certeza sobre el Sr. Harvey ahora descartada como una ilusión, Lindsey asumió la carga. Empezó a inspeccionar el invernadero, usando sus carreras diarias de fútbol como tapadera para su vigilancia. Una tarde, lo vio salir. Rompió una ventana del sótano y se coló dentro del cascarón estéril y vacío de su casa, un espejo oscuro de la nuestra. Arriba, en una habitación que habría sido mía, encontró su cuaderno de dibujo. Justo cuando oyó su coche entrar en la entrada, lo vio: un dibujo detallado de la guarida subterránea, con las palabras "Maizal de Stolfuz" garabateadas al lado. Mientras el Sr. Harvey subía corriendo las escaleras, ella rompió la mosquitera, se bajó del techo del porche y echó a correr, con el dibujo arrugado aferrado a la mano. Tenía pruebas. Pero era demasiado tarde. Él la vio, con el número 5 de su camiseta de fútbol gritándole mientras huía. Esa noche, empacó una maleta en silencio y desapareció.
Los años siguientes fueron un desenlace lento y doloroso. Mi madre, incapaz de vivir entre los muros de nuestro dolor, tuvo una breve y desesperada aventura con el detective que me llevaba el caso y luego huyó a California, buscando un anonimato que le permitiera respirar. Mi padre tuvo que criar a Lindsey y Buckley solo, con el corazón hecho una caverna. Lindsey y su primer amor, Samuel Heckler, fueron juntos a la universidad; su vínculo se forjó tras mi muerte. Buckley creció en una casa atormentada por mi ausencia, construyendo un fuerte en el patio trasero a modo de santuario que no sabía que estaba construyendo. A veces me veía, un fantasma fraternal que era a la vez un consuelo y una maldición.
Los observaba a todos, pero también observaba a Ruth Connors, la chica extraña y artística a la que accidentalmente toqué con mi alma al dejar la Tierra. Se había convertido en una mujer que veía a los muertos, que recorría las calles de Nueva York documentando los lugares donde niñas y mujeres se habían perdido violentamente. Llevaba diarios llenos de sus historias, una solitaria cronista de fantasmas. Y observaba a Ray Singh, el chico que me había dado mi primer y único beso. Estudió medicina, su vida seguía adelante, pero guardaba mi foto del colegio guardada en un libro de poesía, el recuerdo de un amor que nunca tuvo la oportunidad de existir.
Un día, sentí una atracción imposible, un anhelo tan fuerte que desgarró la tela de mi cielo. Ruth estaba de visita en casa y se sintió atraída por el sumidero donde habían arrojado mi cuerpo. Mientras estaba de pie en el borde, me vio. En ese mismo momento, el Sr. Harvey, en uno de sus furtivos regresos a la zona, pasó en coche. La convergencia fue demasiado. Ruth se desplomó, su alma voló hacia arriba mientras la mía caía a la Tierra. Por un breve y milagroso instante, estuve dentro de su cuerpo. Sentí el sol en mi piel, el suelo bajo mis pies. Ray estaba allí, y al mirar a Ruth a los ojos, me vio. "¿Susie?", susurró. Se me concedió el único deseo que había albergado durante tanto tiempo. Hicimos el amor en la trastienda de bicicletas de Hal Heckler. No fue una reivindicación violenta, sino un toque suave y humano. Era la vida que nunca tuve.
Cuando regresé a mi cielo, era más amplio y más pacífico. Me había soltado. En la Tierra, mi madre regresó al lado de mi padre después de que sufriera un infarto. De pie en su habitación de hospital, se reencontraron, no como las personas que eran antes de mi muerte, sino como las personas en las que se habían convertido. Aprendieron a vivir con ello. El Sr. Harvey, años después, encontró su propio fin cuando un carámbano cayó del tejado, tirándolo a un barranco donde su cuerpo permaneció oculto durante semanas.
Estos eran los hermosos cimientos que se habían formado en torno a mi ausencia: las conexiones - a veces tenues, a veces forjadas a un alto precio, pero a menudo magníficas - que surgieron tras mi partida. Lindsey y Samuel se casaron y tuvieron una hija. Mis padres encontraron una forma tranquila de estar juntos. Buckley aprendió a tocar su propio ritmo con una batería. Los observé desde mi vasto paraíso. Vi a un hombre encontrar mi pulsera de dijes en el barro de una obra en construcción. «Esta niña ya ha crecido», dijo su esposa. Casi. No del todo. Les deseo a todos una larga y feliz vida.
Lo que dicen otros lectores
Lo bueno
Desde mi cielo ha sido ampliamente elogiada por su premisa única y cautivadora, narrada por una joven que observa a su familia y al mundo desde un paraíso personal tras su prematura muerte. Muchos lectores encontraron el concepto profundamente emotivo y desgarrador, a menudo conmoviéndolos hasta las lágrimas. Los críticos destacaron la capacidad del libro para engancharlos desde la primera frase, creando un impulso irresistible para seguir leyendo. La narrativa se describe a menudo como cautivadora, explorando temas de duelo, pérdida y los vínculos duraderos entre los miembros de la familia. Para algunos, los personajes se sintieron reales y multidimensionales, y la historia ofreció un sutil mensaje de esperanza y aceptación en medio de la tragedia, presentando un viaje espiritual en busca de paz.
Lo malo
Sin embargo, un número significativo de lectores expresó fuertes reacciones negativas, citando numerosos problemas con la ejecución del libro. Las críticas se centraron con frecuencia en el estilo de escritura, que algunos consideraron deficiente, con descripciones torpes, gramática cuestionable y metáforas confusas. Muchos sintieron que el libro carecía de una trama coherente, describiéndolo más como una "situación" prolongada con poco impulso o suspense, lo que resultó en una lectura lenta y a menudo aburrida tras un comienzo sólido. Los personajes se percibían a menudo como bidimensionales, estereotipados y carentes de complejidad, con sus emociones reducidas a reacciones simplistas. La representación del cielo fue decepcionante para algunos, y el final fue frecuentemente calificado de horrible, olvidable, confuso o incluso ofensivo, sin ofrecer una resolución satisfactoria ni lógica.
En resumen
En general, las opiniones sobre Desde mi Cielo están muy divididas, desde quienes lo consideran un clásico moderno hasta el peor libro jamás leído. Mientras que algunos lo encontraron una exploración profundamente conmovedora y original del duelo y el más allá, otros se sintieron profundamente decepcionados por su narrativa y calidad literaria. Este libro probablemente atraerá a lectores que se sienten atraídos por historias emocionalmente intensas con una narrativa única, en particular a aquellos interesados en temas de pérdida, sanación y dinámicas familiares, y que priorizan el impacto emocional sobre el desarrollo de una trama compleja o un estilo literario convencional. Sin embargo, los lectores sensibles a los defectos de escritura percibidos o que buscan un misterio con una trama bien definida pueden encontrarlo frustrante.
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