Trappola per topi
7.76 / 10 10 mil valoraciones
- Idioma
- Italiano
- Publicación
- 2003
- Editorial
- Mondadori
- Páginas
- 144
- ISBN
- 9788804518273
A medida que se difunde la noticia de un asesinato en Londres, siete desconocidos se ven aislados en Monkswell Manor, una apartada casa rural, cuando una fuerte tormenta de nieve los aísla del mundo exterior. Cuando un sargento de policía llega esquiando, los huéspedes descubren que hay un asesino entre ellos.
La tensión va en aumento a medida que los sospechosos revelan su pasado y se produce un segundo asesinato en la mansión, lo que intensifica el miedo. Esta novela policíaca atemporal, famosa por su intrincada trama y su atmósfera de suspense, promete un desenlace inesperado.
La tensión va en aumento a medida que los sospechosos revelan su pasado y se produce un segundo asesinato en la mansión, lo que intensifica el miedo. Esta novela policíaca atemporal, famosa por su intrincada trama y su atmósfera de suspense, promete un desenlace inesperado.
Temas
- Literature & Fiction
- Mystery, Thriller & Suspense
- Thrillers & Suspense
- Suspense
- Arts & Photography
- Fiction
- Anthologies
- Crime
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- Classics
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- British and Irish Drama (Dramatic Works by One Author)
- Film
- Screenplays
- Plays
- Direction & Production
- Translations into Russian
- Drama texts: from c
- Mystery & Detective
- Thrillers
Edición original
The Mousetrap: A Play (Acting Edition)Publicado originalmente en 1954 Inglés Samuel French, Inc.
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El viento aullaba su triste canción alrededor de Monkswell Manor, una pensión recién inaugurada enclavada en lo profundo de la campiña inglesa cubierta de nieve. En el interior, Mollie y Giles Ralston, los jóvenes propietarios, se afanaban en los preparativos de última hora, con una emoción nerviosa palpable mientras esperaban a sus primeros huéspedes. La radio crepitaba con noticias de un brutal asesinato en Londres: una mujer llamada Maureen Lyon había sido estrangulada y la policía buscaba a un hombre con un abrigo oscuro. Un escalofrío, ajeno a la tormenta de nieve que se avecinaba, parecía cernirse sobre el acogedor vestíbulo.
Uno a uno, los huéspedes fueron llegando, cada uno de ellos una figura distinta y curiosa. Primero, Christopher Wren, un joven peculiar y bastante excitable, apasionado por la arquitectura, cuyo comportamiento frívolo puso inmediatamente a Giles de los nervios. Luego, la siempre insatisfecha señora Boyle, una mujer mayor que se quejaba de todo, desde el tiempo hasta la falta de comodidades. Le siguió el mayor Metcalf, un militar retirado, afable pero reservado, y, por último, la enigmática señorita Casewell, una mujer de aspecto masculino con un aire inquietante y distante, cuyos comentarios crípticos insinuaban un pasado turbulento. Justo cuando la nieve comenzó a caer de verdad, se produjo una llegada inesperada: el señor Paravicini, un caballero extranjero cuyo coche supuestamente se había volcado en un ventisquero. Su entrada teatral y sus inquietantes declaraciones sobre la casa aislada del mundo no hicieron más que agravar la creciente inquietud.
La ventisca pronto aisló por completo Monkswell Manor, un espeso manto blanco que la separaba de la civilización. A la tarde siguiente, una llamada de la policía de Berkshire destrozó cualquier atisbo de paz que quedara: un sargento estaba de camino. Pronto, el sargento detective Trotter llegó esquiando, una figura joven y seria que traía consigo la escalofriante noticia de que el asesinato de Londres estaba relacionado con Monkswell Manor. La víctima, Maureen Lyon, era una de las dos madres de acogida que habían maltratado cruelmente a tres niños en Longridge Farm, uno de los cuales, un niño llamado Jimmy Corrigan, había fallecido. La policía creía que uno de los hijos supervivientes de los Corrigan, ahora ya adulto, buscaba venganza, y en un cuaderno hallado en la escena del crimen figuraban dos direcciones: Culver Street y Monkswell Manor.
Comenzó la investigación de Trotter: se interrogó a cada huésped y se indagó en sus historias. Una sensación de sospecha impregnaba el ambiente, convirtiendo la conversación cortés en intercambios cautelosos. Durante sus indagaciones, la señora Boyle, siempre crítica, se enfrentó al mayor Metcalf, quien la reconoció como una de las magistradas que había enviado a los niños Corrigan a Longridge Farm. Ella admitió su papel, pero negó vehementemente cualquier responsabilidad por el trágico desenlace. Mientras Trotter continuaba su registro de la casa, la línea telefónica se cortó, cortada deliberadamente.
A solas en la sala de estar, la señora Boyle oyó silbar una melodía escalofriante: «Three Blind Mice». Las luces parpadearon y se apagaron, sumiendo la habitación en la oscuridad. Un forcejeo, un jadeo y luego silencio. Cuando Mollie regresó y volvió a encender las luces, la señora Boyle yacía muerta, estrangulada. El miedo se apoderó de los ocupantes que quedaban. Trotter reunió a todos y los interrogó sobre su paradero, pero nadie tenía una coartada sólida. Les advirtió de que el asesino ya se había cobrado una segunda víctima y que, según las notas dejadas por el asesino, aún quedaba un «ratón» más.
El detective, convencido de que el asesino estaba entre ellos, ideó un plan para atraparlo. Hizo que todos recrearan sus movimientos desde el momento del asesinato de la señora Boyle, asignando a cada persona un papel diferente. A solas con Mollie en el vestíbulo, Trotter reveló dramáticamente su verdadera identidad: era Georgie Corrigan, el mayor de los niños maltratados. Culpó a Mollie, su antigua profesora, por no intervenir cuando su hermano menor, Jimmy, le había enviado una carta desesperada suplicando ayuda. Consumido por el dolor y un ardiente deseo de venganza, apuntó con un arma a Mollie, con la intención de convertirla en su última víctima.
Justo cuando estaba a punto de disparar el tiro fatal, la señorita Casewell intervino, revelando que era Kathy Corrigan, la hermana de Georgie. Desarmó suavemente a su hermano y se lo llevó. Fue entonces cuando el mayor Metcalf reveló su propio secreto: no era un mayor retirado, sino un detective, enviado para proteger a las posibles víctimas. Mollie y Giles, tras quedar al descubierto sus pequeños engaños sobre los regalos de aniversario, se reconciliaron, ya que la dura prueba les había despojado de sus preocupaciones superficiales. Una vez desveladas las verdaderas identidades y detenido el trágico ciclo de venganza, la mansión aislada por la nieve comenzó poco a poco a despojarse de su manto de terror.
Uno a uno, los huéspedes fueron llegando, cada uno de ellos una figura distinta y curiosa. Primero, Christopher Wren, un joven peculiar y bastante excitable, apasionado por la arquitectura, cuyo comportamiento frívolo puso inmediatamente a Giles de los nervios. Luego, la siempre insatisfecha señora Boyle, una mujer mayor que se quejaba de todo, desde el tiempo hasta la falta de comodidades. Le siguió el mayor Metcalf, un militar retirado, afable pero reservado, y, por último, la enigmática señorita Casewell, una mujer de aspecto masculino con un aire inquietante y distante, cuyos comentarios crípticos insinuaban un pasado turbulento. Justo cuando la nieve comenzó a caer de verdad, se produjo una llegada inesperada: el señor Paravicini, un caballero extranjero cuyo coche supuestamente se había volcado en un ventisquero. Su entrada teatral y sus inquietantes declaraciones sobre la casa aislada del mundo no hicieron más que agravar la creciente inquietud.
La ventisca pronto aisló por completo Monkswell Manor, un espeso manto blanco que la separaba de la civilización. A la tarde siguiente, una llamada de la policía de Berkshire destrozó cualquier atisbo de paz que quedara: un sargento estaba de camino. Pronto, el sargento detective Trotter llegó esquiando, una figura joven y seria que traía consigo la escalofriante noticia de que el asesinato de Londres estaba relacionado con Monkswell Manor. La víctima, Maureen Lyon, era una de las dos madres de acogida que habían maltratado cruelmente a tres niños en Longridge Farm, uno de los cuales, un niño llamado Jimmy Corrigan, había fallecido. La policía creía que uno de los hijos supervivientes de los Corrigan, ahora ya adulto, buscaba venganza, y en un cuaderno hallado en la escena del crimen figuraban dos direcciones: Culver Street y Monkswell Manor.
Comenzó la investigación de Trotter: se interrogó a cada huésped y se indagó en sus historias. Una sensación de sospecha impregnaba el ambiente, convirtiendo la conversación cortés en intercambios cautelosos. Durante sus indagaciones, la señora Boyle, siempre crítica, se enfrentó al mayor Metcalf, quien la reconoció como una de las magistradas que había enviado a los niños Corrigan a Longridge Farm. Ella admitió su papel, pero negó vehementemente cualquier responsabilidad por el trágico desenlace. Mientras Trotter continuaba su registro de la casa, la línea telefónica se cortó, cortada deliberadamente.
A solas en la sala de estar, la señora Boyle oyó silbar una melodía escalofriante: «Three Blind Mice». Las luces parpadearon y se apagaron, sumiendo la habitación en la oscuridad. Un forcejeo, un jadeo y luego silencio. Cuando Mollie regresó y volvió a encender las luces, la señora Boyle yacía muerta, estrangulada. El miedo se apoderó de los ocupantes que quedaban. Trotter reunió a todos y los interrogó sobre su paradero, pero nadie tenía una coartada sólida. Les advirtió de que el asesino ya se había cobrado una segunda víctima y que, según las notas dejadas por el asesino, aún quedaba un «ratón» más.
El detective, convencido de que el asesino estaba entre ellos, ideó un plan para atraparlo. Hizo que todos recrearan sus movimientos desde el momento del asesinato de la señora Boyle, asignando a cada persona un papel diferente. A solas con Mollie en el vestíbulo, Trotter reveló dramáticamente su verdadera identidad: era Georgie Corrigan, el mayor de los niños maltratados. Culpó a Mollie, su antigua profesora, por no intervenir cuando su hermano menor, Jimmy, le había enviado una carta desesperada suplicando ayuda. Consumido por el dolor y un ardiente deseo de venganza, apuntó con un arma a Mollie, con la intención de convertirla en su última víctima.
Justo cuando estaba a punto de disparar el tiro fatal, la señorita Casewell intervino, revelando que era Kathy Corrigan, la hermana de Georgie. Desarmó suavemente a su hermano y se lo llevó. Fue entonces cuando el mayor Metcalf reveló su propio secreto: no era un mayor retirado, sino un detective, enviado para proteger a las posibles víctimas. Mollie y Giles, tras quedar al descubierto sus pequeños engaños sobre los regalos de aniversario, se reconciliaron, ya que la dura prueba les había despojado de sus preocupaciones superficiales. Una vez desveladas las verdaderas identidades y detenido el trágico ciclo de venganza, la mansión aislada por la nieve comenzó poco a poco a despojarse de su manto de terror.
Lo que dicen otros lectores
Lo bueno
Las críticas elogian ampliamente esta obra como un misterio atractivo y cautivador, y muchos la consideran una de las mejores piezas teatrales de Agatha Christie. Los lectores se sintieron atraídos desde las primeras páginas, encontrando la intriga inmediata y la atmósfera magistralmente creada. Un número significativo de críticos destacó los personajes únicos y bien construidos, señalando que sus personalidades distintivas hacen que la trama sea dinámica y fácil de visualizar, incluso en formato teatral. Muchos encontraron el final sorprendente e impredecible, y valoraron que la autora lograra mantenerlos en vilo hasta el último momento, una cualidad a menudo difícil de conseguir en el género policíaco. La reputación de la obra como la producción teatral más longeva del mundo en Londres contribuye aún más a su atractivo y encanto para los lectores.
Lo malo
A pesar de la aclamación generalizada, algunos críticos expresaron que la obra, aunque entretenida, no siempre se encontraba entre las obras más extraordinarias de la autora. A unos pocos les pareció que la narración era demasiado breve o que el ritmo de los acontecimientos, en particular la resolución, resultaba algo apresurado o precipitado. Hubo comentarios que sugerían que los diálogos y las descripciones de los personajes, aunque eficaces para una obra de teatro, a veces carecían de la profundidad que se encuentra en las novelas de Christie, lo que dejaba a algunos con ganas de conocer más detalles sobre los personajes. Además, un par de lectores consideraron que los esfuerzos de la autora por mantener el suspense al convertir a todos los personajes en sospechosos podían resultar a veces un poco redundantes o artificiales, y algunos encontraron que la trama general era un poco predecible en algunas partes o que ciertas relaciones entre los personajes quedaban sin resolver.
En resumen
En general, el consenso es que se trata de una lectura muy recomendable y que merece la pena, destacada especialmente por su capacidad para mantener el misterio y el suspense a pesar de su formato teatral. Se elogia por su clásico estilo de misterio de «habitación cerrada», con giros inesperados y las características distracciones de Christie. Esta obra es muy recomendable para los fans de la obra de Agatha Christie, los entusiastas de la literatura teatral y cualquiera que disfrute de una apasionante historia de detectives que les mantenga en vilo. Su ritmo ágil y su atmósfera envolvente la convierten en una opción ideal para una lectura agradable y entretenida, especialmente para aquellos que buscan una experiencia de misterio clásica.
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