Se revela que el estado no es un árbitro neutral que esté por encima de la sociedad, sino más bien un órgano de dominación de clase, un instrumento para la opresión de una clase por otra. Surge precisamente cuando los antagonismos de clase se vuelven irreconciliables y sirven para legalizar y perpetuar esta opresión, creando un «orden» que, en esencia, significa sancionar y consolidar la subyugación de los explotados por los explotadores. Esta verdad fundamental, que con frecuencia ocultan los ideólogos burgueses y los oportunistas, es fundamental para entender la verdadera naturaleza del estado.
Al examinar la trayectoria histórica, se ve cómo, a lo largo de varias épocas, el estado ha funcionado de manera consistente para mantener el dominio de la élite económica. Desde las antiguas sociedades esclavistas hasta los sistemas feudales, pasando por el capitalismo moderno, el aparato estatal - sus cuerpos especiales de hombres armados, sus prisiones, su burocracia - existe para preservar los privilegios de la clase dominante y suprimir cualquier resistencia de los oprimidos. Incluso en las repúblicas más democráticas, esta función subyacente persiste, y la riqueza ejerce su poder, aunque sea de manera indirecta.
Se critica profundamente a quienes predican el reformismo y la participación parlamentaria, a los socialdemócratas que, en 1917, habían abandonado en gran medida la esencia revolucionaria del marxismo. Creen erróneamente que la clase obrera puede simplemente apoderarse de la maquinaria estatal existente y utilizarla para sus propios fines, o que los cambios graduales dentro del estado burgués pueden llevar al socialismo. Se argumenta que este punto de vista es una distorsión de la teoría marxista y solo sirve para perpetuar las ilusiones y desviar al proletariado de su potencial revolucionario. El estado, al ser un producto de la irreconciliabilidad de clases, no se puede reformar; hay que destruirlo.
El camino hacia la verdadera liberación exige una revolución violenta, un derrocamiento por la fuerza del orden existente. La clase obrera, el proletariado, debe romper y destruir la vieja máquina estatal, que está diseñada intrínsecamente para oprimirla. No se trata de un llamamiento a la abolición inmediata del estado, sino al desmantelamiento del estado burgués y su sustitución por un nuevo estado proletario.
Este nuevo estado, con frecuencia denominado «dictadura del proletariado», es una fase de transición necesaria. Es un estado de trabajadores armados, que sirve como instrumento para que la gran mayoría suprima a la minoría de explotadores. Su propósito es aplastar la inevitable y desesperada resistencia de la burguesía, expropiar a los expropiadores y organizar a todos los trabajadores y explotados para un nuevo sistema económico. Es un estado democrático para la inmensa mayoría del pueblo y dictatorial contra los explotadores.
La Comuna de París de 1871 constituye un poderoso ejemplo histórico, que permite vislumbrar la forma que podría adoptar este estado obrero. Demostró las características cruciales: la sustitución del ejército permanente por el pueblo armado, la elección de todos los funcionarios con derecho a la revocación, la restricción de los salarios de los funcionarios a los salarios de los trabajadores y la abolición del parlamentarismo en favor de los consejos obreros que combinaran las funciones legislativas y ejecutivas. No se trataba de un estado en el sentido antiguo, sino que ya era un «semiestado», que comenzaba a desaparecer desde sus inicios.
En última instancia, esta dictadura del proletariado es en sí misma solo una medida temporal. A medida que se desvanezcan las distinciones de clase, se elimine la explotación capitalista y la sociedad pase a la fase superior del comunismo, la necesidad de un estado disminuirá gradualmente. Con la desaparición de los antagonismos de clase, el estado, como instrumento de opresión de clase, pasará a ser innecesario y «desaparecerá», dejando atrás una sociedad verdaderamente sin clases y sin estado en la que la libertad personal pueda expresarse plenamente.