Al fondo del pueblo, donde crece la hierba de espinos y el viento siempre huele a viejo, rancio y agrio, se encuentra la Calle del Lorax Elevado. Ningún ser vivo se mueve, salvo el susurro del viento entre tuberías oxidadas y el ocasional gruñido de un niño curioso. Busca al Once-ler, una figura sombría que habita en una vivienda en ruinas, muy por encima del aire agriolento. Por quince céntimos, un clavo y la concha de un caracol tataratatarabuelo, el Once-ler acepta contar su historia, una historia de lo que fue y lo que llegó a ser.
La historia del Once-ler comienza en una época en la que el mundo era fresco, antes del smog y la penumbra. Describe una tierra de gloriosos y brillantes árboles de Truffula, con penachos más suaves que la seda y con olor a dulce leche de mariposa. Allí, los Brown Bar-ba-loots jugaban a la sombra, comiendo frutos de Truffula, mientras los Swomee-Swans cantaban sus hermosas canciones y el Humming-Fish tarareaba en las aguas claras y frescas. Era un paraíso, intacto y vibrante. Pero entonces llegó el Once-ler, cautivado por los Árboles Truffula. Cortó la primera, descubriendo que su mechón podía tejer en una cosa maravillosa llamada Thneed - una prenda versátil, útil para casi cualquier cosa.
Apenas cayó el primer Árbol Truffula, una pequeña criatura naranja con un gran bigote asomó del tocón. Este era el Lorax, que hablaba por los árboles, porque los árboles no tenían lengua. Se enfrentó al Once-ler, con voz cortante y urgente, preguntando: "¡Señor! ¡Eres un bárbaro! ¿Por qué talarías este árbol?" Pero el Once-ler, lleno de emoción por su invento, desestimó las protestas del Lorax. Vendió su primer Thneed, luego otro, y pronto la demanda creció. Llamó a su familia, y llegaron en masa, montando fábricas, y la tala comenzó en serio.
Se inventó el Super-Axe-Hacker, que arrasó el Bosque Truffula con una velocidad aterradora. El Lorax regresó, sus súplicas cada vez más desesperadas. Mostró a los Once-ler los Brown Bar-ba-loots hambrientos, con el estómago vacío porque su fruto Truffula había desaparecido. Los envió a buscar comida en otro lugar, con el corazón pesado. Luego llegaron los Swomee-Cisnes, con la garganta irritada por el aire contaminado, incapaces de cantar, obligados a volar lejos. Las fábricas del Once-ler escupían humo y baba, contaminando el aire y las aguas donde antes zumbaban los Humming-Fish. Los peces también tuvieron que marcharse, retorciendo y jadeando mientras buscaban arroyos más limpios.
Sin embargo, el Once-ler seguía cegado por su ambición y las montones de dinero cada vez mayores. "¡No quería hacer daño! ¡De verdad que no lo sabía!" insistió, incluso mientras el paisaje a su alrededor se volvía gris y desolado. Construyó su imperio cada vez más grande, convencido de que el progreso significaba crecimiento interminable, sin importar el coste medioambiental. Desestimó las advertencias del Lorax como simples "tonterías", centrándose únicamente en la producción de más y más Thneedes. El aire se espesó, el agua se volvió turbia y el bosque, antes vibrante, se redujo a tocones.
Luego llegó el inevitable silencio. El último árbol de Truffula fue talado. Sin más árboles, ya no quedaban Thneeds por fabricar, y las fábricas se paralizaron. La familia del Once-ler hizo las maletas y se marchó, dejándole solo entre los escombros que él mismo creó. El Lorax, con una mirada triste y el corazón pesado, se levantó por el asiento del pantalón y voló en silencio, dejando solo un pequeño montón de piedras con una sola palabra críptica grabada: "A MENOS QUE."
Durante años, el Once-ler reflexionó sobre esa palabra, solo en su morada en ruinas, rodeado de los fantasmas de su codicia. Por fin comprendió su profundo significado cuando llegó el joven, ansioso por escuchar su historia. "A MENOS que alguien como tú se preocupe muchísimo", explicó el Once-ler, "nada va a mejorar. No lo es."
Con un nuevo destello de esperanza, el Once-ler dejó caer la última semilla del Árbol Truffula en las manos del chico. Le encargó al niño la inmensa tarea de plantarlo, cuidarlo y hacer crecer un nuevo Bosque de Truffula, para que quizá, algún día, el Lorax y todas las criaturas pudieran regresar. Se dio cuenta de que el destino del mundo recae en quienes se preocupan lo suficiente como para actuar.