En el pequeño pueblo de Carricklea, fingen no conocerse. En el colegio, Connell Waldron es popular, la estrella del equipo de fútbol americano, y se mueve por los pasillos con una gracia natural que parece propia de él. Marianne Sheridan es un fantasma en esos mismos pasillos, solitaria, orgullosa y despreciada por una inteligencia que no se molesta en ocultar. Pero tras el último timbre, en las tranquilas y soleadas habitaciones de la mansión blanca de su familia, existe una realidad diferente. Cuando Connell va a recoger a su madre, Lorraine, de su trabajo de limpieza, él y Marianne hablan. En la intimidad de la cocina, surge entre ellos una extraña y emocionante conexión, un mundo aislado del resto. Estar a solas con ella es como abrir una puerta a la vida cotidiana y luego cerrarla tras él.
Su conexión se profundiza en secreto, en la tranquilidad de su habitación o la de ella, un vínculo físico e intelectual que están decididos a ocultar. Pero la presión de sus mundos separados es inmensa. Connell, aterrorizado por lo que pensarían sus amigos, por el ridículo que sufriría por estar con alguien como ella, toma una decisión que destroza su mundo privado. Invita a Rachel, la chica más popular del instituto, al baile de graduación, dejando a Marianne completamente humillada públicamente. La crueldad del acto, y su incapacidad para siquiera explicarse, es una herida que parece imposible de cerrar. Ella desaparece del instituto, estudiando para sus exámenes finales en la soledad de su habitación, mientras que Connell se queda con una victoria vacía y una vergüenza profunda e inquebrantable.
Un año después, ambos están en el Trinity College de Dublín, y el universo ha dado un vuelco. Marianne, elegante e ingeniosa, ha encontrado su lugar. Se mueve con una confianza renovada en fiestas y seminarios, rodeada de amigos que la admiran. Connell, mientras tanto, está a la deriva. Despojado de su estatus de chico de pueblo, es callado, torpe y se consume por una aplastante sensación de no pertenecer al grupo de estudiantes ricos y elocuentes que pueblan sus clases de inglés. Una noche, en una fiesta, él la ve al otro lado de la sala, y la sorpresa es mayúscula. «¡Dios mío!», exclama ella, con una enorme y radiante sonrisa. «¡Connell Waldron! ¡De ultratumba!». En ese instante, ella lo acoge en su mundo y vuelven a empezar.
Retoman sus vidas, y esta vez, su relación no es un secreto. Hablan durante horas en su apartamento, duermen en la misma cama, y él se convierte en un miembro habitual de su nuevo y sofisticado círculo de amigos. Él es el único que la ve de verdad, y ella es la única que comprende las silenciosas ansiedades que bullen bajo su aparente calma. Sin embargo, los viejos patrones de malentendidos e inseguridad persisten. Cuando Connell pierde su trabajo de medio tiempo y no puede pagar el alquiler del verano, es demasiado orgulloso, demasiado avergonzado por la diferencia de clase entre ellos, para preguntarle si puede quedarse con ella. Simplemente le dice que regresa a casa. Creyendo que la está abandonando, ella acepta con frialdad que deberían salir con otras personas, y un abismo de palabras no dichas se abre de nuevo entre ellos.
Separados, sus vidas se adentran en terrenos más oscuros. Marianne inicia una relación con un compañero de clase rico y controlador llamado Jamie, quien satisface su deseo de sumisión con una crueldad fría que la deja sintiéndose vacía y degradada. Connell, de vuelta en Carricklea, se consume por la soledad. La noticia del suicidio de un amigo del colegio, Rob, lo sume en una espiral de profunda depresión y ataques de pánico. Durante este tiempo, mientras Marianne estudia en Suecia para escapar de su vida en Dublín, su comunicación se reduce a correos electrónicos y videollamadas nocturnas. A pesar de la distancia, se convierten en el salvavidas del otro, confesándose sus miedos y su dolor. Él le habla de su ansiedad paralizante; ella insinúa la desolación de su vida en Suecia. Son las únicas dos personas que pueden hablar el mismo idioma.
Cuando Marianne regresa, el daño en la vida de ambos es palpable. La relación con Jamie la ha dejado vulnerable, y Connell sigue luchando contra su depresión, acudiendo a terapia y tomando medicación. Su amistad es lo único estable que tienen. Un violento enfrentamiento con Alan, el hermano maltratador de Marianne, finalmente saca a la luz el trauma oculto de su vida familiar. Después de que Alan le rompa la nariz, ella llama a Connell, quien acude a buscarla sin dudarlo. Confronta a Alan y le dice que si vuelve a tocarla, lo matará. La saca de esa casa y, en la tranquilidad de su coche, le promete protegerla. «No voy a permitir que te vuelva a pasar algo así», le dice, y en esa promesa, algo entre ellos finalmente sana y se completa.
Están juntos de nuevo y, por primera vez, se sienten bien y sin complicaciones. Son personas normales. Él edita la revista literaria de la universidad; ella trabaja y estudia. Viven una vida tranquila y compartida en Dublín, durmiendo en la misma cama en su apartamento del campus y preparándose café el uno al otro por las mañanas. Él es mejor persona a su lado, y ella, por primera vez, se siente merecedora de bondad. Ya no es la chica extraña y antipática del colegio, sino una mujer que sabe que es amada. Él ya no es el chico que teme el juicio de los demás, sino un hombre que sabe lo que importa.
Su recién encontrada paz se pone a prueba cuando Connell recibe una oferta para asistir a un prestigioso programa de maestría en escritura creativa en Nueva York. La oportunidad le cambia la vida, le abre una puerta a un futuro que nunca creyó posible. Le dice a Marianne que no irá sin ella, que se sentiría fatal si la extrañara. Pero ella ve el camino que se abre ante él, un camino que ella ayudó a allanar. Habiendo aprendido finalmente a creer en su propio valor, encuentra la fuerza para darle este regalo. «Deberías ir», le dice con voz firme. «Siempre estaré aquí. Lo sabes». Su vida se abre en todas direcciones, y la de ella, por fin, le pertenece. Se han transformado mutuamente para siempre.