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Go to My LibrarySi Estuvieras Aquí / Wish You Were Here (Spanish Edition)
- Language
- Spanish
- Published in
- Publisher
- Planeta Publishing Corporation
- Pages
- 392
- ISBN
- 9786070790768
Aislada y desconectada de todo lo que conoce, Diana debe confiar en la amabilidad de una familia local para navegar su nueva realidad. A medida que se aleja de su zona de confort, la vida cuidadosamente construida que dejó atrás comienza a sentirse distante y desconocida. Con el telón de fondo de un mundo en crisis, esta historia explora la resiliencia del espíritu humano y las personas en las que nos convertimos cuando todo lo que planeamos se desvanece. Es un viaje de autodescubrimiento que cuestiona si una vida planeada es la misma que una vida vivida.
Subjects
Original edition details
Other editions (9)
Wish You Were Here
2021 • Random House Digital Inc.
English
Wish You Were Here A Novel
2022 • National Geographic Books
English
Wish You Were Here A Novel
2021 • National Geographic Books
English
Wish You Were Here
2021 • Thorndike Press, a part of Gale, a Cengage Company
English
Wish You Were Here A Novel
2021 • Ballantine Books
English
Other editions

Wish You Were Here
2021 • Random House Digital Inc.
English

Wish You Were Here A Novel
2022 • National Geographic Books
English

Wish You Were Here A Novel
2021 • National Geographic Books
English

Wish You Were Here
2021 • Thorndike Press, a part of Gale, a Cengage Company
English

Wish You Were Here A Novel
2021 • Ballantine Books
English

Wish You Were Here
2022 • Large Print Press
English

Wish You Were Here
2022 • Hodder & Stoughton
English

Wish You Were Here A Novel
2021 • National Geographic Books
English

Wish You Were Here: the compelling new must-read from bestselling author Jodi Picoult
2021
English
Y así fue. El vuelo fue un torbellino, mi equipaje se perdió y aterricé en la isla Isabela justo cuando salía el último ferry. "La isla está cerrando", dijo el barquero. La isla se estaba cerrando. En un intento desafiante de parecer más aventurera de lo que era, vi alejarse el barco de turistas frenéticos, abandonándome en el paraíso. Mi hotel estaba cerrado, sus puertas cerradas contra la pandemia y contra mí. Tenía un cepillo de dientes, un bañador y la inquietante sensación de que acababa de salirme del borde de mi propio mapa. Me encontró una anciana con el rostro cubierto de arrugas. Se dio una palmada en el pecho: "Abuela", y me condujo a un pequeño apartamento vacío detrás de su propia casa, un lugar que daba justo a la orilla del océano.
La vida en Isabela transcurría al ritmo perezoso de las mareas. Los días se medían por las carreras en la playa y el toque de queda vespertino que dejaba desiertas las calles de arena. Conocí a Gabriel, un hombre tan rudo y hermoso como la roca volcánica de la isla, al que parecía molestarle mi mera existencia como turista. Y conocí a su hija, Beatriz, una niña hirviendo a fuego lento con una pena silenciosa y cortante. Mientras aprendía a desenvolverme en este nuevo y extraño mundo de trueques por comida y retratos a cambio de suministros, me aferraba a los correos electrónicos que me llegaban de Finn, cada uno de ellos un despacho desde una zona de guerra. Me hablaba de UCI desbordadas, de decisiones imposibles, de la cacofonía de los respiradores y del silencio aplastante cuando un paciente moría solo. Su realidad parecía estar a un mundo de distancia de la mía, donde mi mayor reto era comunicarme sin un idioma común y mi mayor alegría era ver a las tortugas marinas deslizarse bajo la superficie de una laguna turquesa.
Poco a poco, los bordes afilados de la isla se suavizaron. El enfado de Gabriel dio paso a una vulnerabilidad compartida; me habló del padre que había perdido en el mar, la tragedia que le había hecho abandonar su vida como guía turístico. Beatriz, que al principio me mantenía a distancia, empezó a confiarme las frágiles piezas de su corazón roto. El día que cumplí treinta años, me organizaron una fiesta en el cortijo inacabado de Gabriel, en la sierra. Comimos tarta y dormimos bajo un cielo tan lleno de estrellas que podía ver constelaciones de ambos hemisferios. Esa noche, junto al fuego, algo cambió. "Pensé que te había perdido", me susurró Gabriel semanas más tarde, después de sacar mi cuerpo jadeante de una corriente, con su beso como un ancla desesperada que reafirmaba la vida. Él era un futuro diferente, una vida diferente, una que nunca había planeado pero que empezaba a desear. Me estaba ahogando, en el océano y en él, cuando el mundo se volvió negro.
Una voz atravesó la oscuridad. "Aguanta. Mírame. Lo vas a conseguir, Diana". La luz era cegadora, los sonidos una cacofonía de pitidos y silbidos. Un tubo ahogaba mi garganta. Un hombre con bata, guantes y mascarilla me cogió la mano, con los ojos llenos de lágrimas tras el plástico. Era Finn. Me dijo que llevaba cinco días conectado a un respirador. Me dijo que había estado a punto de morir. Me dijo que estaba en un hospital de Nueva York. Confundida, con la voz entrecortada, hice la única pregunta que me importaba. "Gabriel", ronqué. "En el agua... ¿lo consiguió?". El rostro de Finn se ensombreció con una suave compasión. "Diana", dijo, con la voz quebrada. "Nunca fuiste".
Mi mundo se dividió en dos. En uno, yo era una superviviente de Covid-19, una mujer tan devastada por la enfermedad que su mente había creado una elaborada alucinación de meses de duración para protegerse del trauma del fallo de su propio cuerpo. Nunca había salido de Nueva York. Mi madre, que había soñado que había muerto a causa del virus, estaba viva. Mi trabajo había desaparecido, suspendido junto con el de miles de personas. Esta realidad fue una agotadora escalada de vuelta a la vida: aprender a caminar, a tragar, a respirar sin pánico, cada pequeña victoria un esfuerzo monumental. En este mundo, Finn era mi héroe, el hombre que se había sentado junto a mi cama, susurrando sus miedos y su amor a mi oído inconsciente, el hombre que había luchado por mi vida.
Pero en el otro mundo, el que vivía y respiraba dentro de mí con claridad visceral, yo era una persona diferente. Aún podía sentir la arena entre los dedos de mis pies, el calor de la mano de Gabriel entre las mías, el peso de la cabeza de Beatriz sobre mi hombro. No eran recuerdos; eran experiencias que me habían remodelado. Mientras mi cuerpo se curaba en un centro de rehabilitación, mi mente luchaba con el fantasma de una vida que parecía más real que la que estaba viviendo. Era una superviviente, sí, pero estaba de duelo por un hombre, una niña y una versión de mí misma que todo el mundo me decía que nunca había existido.
La ciudad a la que regresé no era la que había dejado. Estaba enmascarada, llena de cicatrices y temerosa, un espejo colectivo de mi propia recuperación. Finn, mi ancla firme, trató de devolverme al plano de la vida que habíamos planeado, pero los cimientos se habían resquebrajado. Vio a una mujer que necesitaba protección, una paciente frágil. No vio a la persona que había aprendido a ser resistente, a vivir sin un mapa. Una tarde, en el parque Carl Schurz, rodeado del verde tímido del comienzo del verano, se arrodilló y me pidió que me casara con él.
Miré su rostro serio y cariñoso, el rostro con el que había soñado durante años. Y vi el fantasma de otro hombre, de otra vida, de otro yo. "No puedes planear tu vida, Finn", le dije suavemente. "Porque entonces tienes un plan. No una vida". No era una elección entre dos hombres, sino entre dos futuros. Tenía que dejar ir a la mujer que se suponía que debía ser para convertirme en la mujer que era.
Años después, el ferry llega a la isla Isabela. El aire es cálido, el sol brilla y el mundo se abre de par en par. Llego al muelle, con la maleta rodando detrás de mí, y un enorme león marino bosteza al sol, totalmente indiferente a mi llegada. Todo es a la vez desconocido y dolorosamente reconocible. Paso junto a los corrales de tortugas, junto a los nudosos árboles de manchineel, con el corazón tocando frenéticamente contra mis costillas. No sé lo que busco ni lo que encontraré. Sólo sé que tenía que venir. Estoy trepando por un muro bajo para ayudar a una tortuguita que se ha caído de espaldas cuando una voz aguda y familiar me llama. "¡Cuidado!" Una mano me agarra de la muñeca justo antes de caer. Me doy la vuelta.
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En definitiva, este libro se describe como una lectura polarizante pero impactante, lejos de ser una experiencia «mediocre». Se reconoce como una novela poderosa, emotiva y que invita a la reflexión, que narra un momento histórico significativo. Los lectores que aprecian la investigación profunda, los personajes complejos y las historias que inspiran la reflexión sobre las elecciones de la vida y la resiliencia humana probablemente encontrarán este libro profundamente gratificante. Es muy recomendable para clubes de lectura debido a su potencial para suscitar un amplio debate. Sin embargo, aquellos que busquen una lectura ligera, los lectores que aún no estén preparados para volver a visitar las intensas realidades de la pandemia o aquellos que prefieran narrativas más rápidas con protagonistas universalmente agradables, pueden encontrarlo menos agradable. Es un libro que anima a los lectores a considerar lo que realmente importa en la vida y cómo las circunstancias pueden alterar profundamente la perspectiva de uno.
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